El cooperativismo es una forma de organización económica que se basa en la colaboración y la ayuda mutua entre las personas. A través de las cooperativas, los individuos pueden unirse para satisfacer sus necesidades económicas y sociales, creando una economía más justa y solidaria.
En este sentido, las mujeres han desempeñado un papel fundamental en el cooperativismo, y a lo largo de la historia, han liderado y participado activamente en la creación y el desarrollo de cooperativas.
A pesar de que, en la mayoría de los países, las mujeres representan la mitad de la población, han estado históricamente marginadas del mundo laboral y económico. En este sentido, las cooperativas han sido una herramienta importante para que las mujeres puedan acceder a empleos, servicios y recursos económicos. Además, el cooperativismo ha permitido a las mujeres obtener independencia económica y social, así como desarrollar habilidades empresariales y de liderazgo.
Una de las primeras cooperativas creadas por mujeres fue la cooperativa de costura de la Rochdale Pioneers, en Inglaterra, en 1844. Esta cooperativa fue fundada por un grupo de trabajadoras de la industria textil que se unieron para crear una empresa conjunta, en la que podrían trabajar de forma autónoma, sin tener que depender de los propietarios de las fábricas. La cooperativa de costura fue un éxito, y en poco tiempo, se convirtió en un modelo a seguir para otras mujeres que buscaban formas de trabajar y ganar dinero de manera independiente.
En América Latina, las mujeres han sido protagonistas del movimiento cooperativo desde sus inicios. Durante la década de 1950, las mujeres campesinas de Nicaragua, crearon la cooperativa de mujeres “La Unión de Marías” en la que producían y vendían productos agrícolas. Esta cooperativa se convirtió en un modelo a seguir para otras mujeres campesinas, quienes siguieron su ejemplo y fundaron sus propias cooperativas. En la actualidad, las cooperativas agrícolas lideradas por mujeres son una realidad en muchos países de la región, como México, Colombia, Brasil y Argentina, entre otros.
Otro ejemplo destacado es el de la cooperativa «La Juanita», en Argentina, fundada en el año 2001. Esta cooperativa fue creada por un grupo de mujeres que habían sido excluidas del mercado laboral formal, y que se unieron para crear una empresa conjunta, en la que podrían trabajar y ganar dinero de forma autónoma. La cooperativa «La Juanita» se dedica a la producción y venta de alimentos, y ha sido un modelo a seguir para otras mujeres que buscan formas de obtener ingresos y mejorar su calidad de vida.
En Ecuador las experiencias cooperativistas han sido muy positivas y permitido el desarrollo económico y social de las comunidades. Han brindado acceso a servicios financieros y básicos, generado empleo y permitido a las personas unirse para alcanzar objetivos comunes.
En general, las mujeres han liderado el desarrollo de cooperativas en diferentes áreas, incluyendo la producción agrícola, la costura, la artesanía, la producción de alimentos, la educación, la salud, entre otros. Además, las mujeres han desempeñado un papel clave en la creación de cooperativas de ahorro y crédito, que brindan servicios financieros a personas y comunidades que de otra manera no tendrían acceso a ellos.
Es importante destacar que el papel de las mujeres en el cooperativismo no se limita solo a la creación y el liderazgo de cooperativas, sino que también se extiende a la participación activa en la toma de decisiones.